Tomas de aire decorativas en coches: historia, aerodinámica y honestidad de diseño
Exploramos la evolución de las tomas de aire falsas en el diseño automotriz: de los VentiPorts a los eléctricos, aerodinámica, rejillas activas y honestidad.
La idea de una toma de aire en el diseño de un coche siempre ha sonado honesta. Si hay una abertura en la carrocería, lo lógico es pensar que enfría algo, canaliza el flujo o mejora el rendimiento. Sin embargo, la historia demuestra que esa intuición nunca fue del todo cierta, y hoy lo es todavía menos.
Uno de los primeros ejemplos documentados de elementos de ventilación decorativos aparece a finales de los años cuarenta con los VentiPorts de Buick. Aquellas “portillas” en los guardabarros delanteros parecían técnicas, casi mecánicas, pero no estaban concebidas como un sistema de refrigeración real. Su misión era visual: subrayar estatus, movimiento y una idea de poder. Con el tiempo, los VentiPorts se convirtieron en una firma de marca reconocible, consolidando la noción de que algo puede parecer funcional sin desempeñar un papel técnico.
Esa dualidad se hizo más frecuente a medida que evolucionaba el diseño automotriz. A finales de los sesenta, coches como el Ford Mustang Mach 1 se ofrecían de fábrica con tomas de capó no funcionales, aunque existían versiones operativas por separado. Para entonces, el propio concepto de toma de capó ya admitía ambas lecturas: alimentar de aire el compartimento del motor o, sencillamente, modelar el carácter del coche.
Paradójicamente, los avances de la ingeniería impulsaron aún más las soluciones decorativas. Los vehículos modernos, y en especial los eléctricos, requieren menos aberturas para refrigeración. La aerodinámica ha pasado a primer plano, y de ahí sistemas como las rejillas activas, que solo se abren cuando realmente hace falta enfriar. La mayor parte del tiempo permanecen cerradas para reducir la resistencia y mejorar la eficiencia. A medida que las aberturas reales desaparecen, persiste la expectativa de un frontal rotundo, con ese aire técnico que transmite prestaciones.
Ahí entra el diseño. Las tomas de aire decorativas permiten a las marcas conservar una apariencia deportiva o agresiva sin comprometer aerodinámica, aprovechamiento del espacio ni costes de producción. Una lógica similar se observa en las salidas de escape simuladas: los componentes auténticos se ocultan por gestión térmica, seguridad y coste, mientras el exterior mantiene un lenguaje visual familiar. El público lo acepta mejor cuando el gesto estético no pretende ser otra cosa.
En los últimos años, sin embargo, la frontera entre un estilismo razonable y un diseño que induce a error se ha vuelto más delicada. Hoy se juzga un coche no solo por lo que parece, sino por lo que puede demostrarse. La reciente controversia en torno al Xiaomi SU7 Ultra lo evidenció: presentar como funcional un elemento decorativo derivó en críticas públicas y una disculpa oficial. El problema no fue la imitación en sí, sino la distancia entre la promesa y la realidad. Al final, lo que cuenta es la coherencia.
Al mismo tiempo, algunos fabricantes empiezan a replantear su enfoque. En el segmento premium, especialmente, gana peso la honestidad visual: se espera que lo que se ve cumpla una función real, al menos en los modelos tope de gama o de altas prestaciones. No es el fin de los recursos decorativos, pero sí un movimiento hacia mensajes más claros al comprador, algo que el aficionado aprecia cuando forma parte de un conjunto bien resuelto.
La historia de las tomas de aire “falsas” no va de engaños. Refleja cambios tecnológicos, nuevas expectativas y el papel cambiante del diseño. Lo que antes servía para expresar potencia y progreso hoy vive en la intersección entre ingeniería, marketing y confianza. Y es ahí, en ese equilibrio, donde se decidirá su futuro.
Allen Garwin
2026, Ene 05 21:23